Lenguaje, cárcel o construcción creativa

Lenguaje, ¿cárcel o construcción creativa?

Si entendemos que un lenguaje es una forma sistémica de imponer categorías sobre lo real que se les da a los sentidos; que es una  manera específica de dividir, organizar y disponer, tal como si construyéramos un rompecabezas;  cortando, segmentando los planos, organizando las formas a nuestro arbitrio; confiriendo sentido  al color, al sonido, a lo que evoca velocidad, o espacio, o  tiempo.

Si concebimos nuestra operación de construcción del mundo en el que vivimos como un proceso de selección de rasgos –entre los muchos identificables y posibles-, de inclusión de lo que nos interesa; o de exclusión de lo que,  por no estar en nuestro sistema, no podemos ni siquiera percibir; o que, si lo percibimos, lo podemos considerar amenazante y por eso lo volvemos invisible.

Si realizamos en la construcción de un lenguaje  una escogencia de características distintivas que se vuelven pertinentes por el sentido diferencial que les asignamos;

si entendemos que esta construcción deviene nuestra realidad y que la cultura es la sedimentación de ese proceso;  o el entramado que regula la percepción de nuevas relaciones, de nuevas maneras de ver y de sentir.

Si concebimos el lenguaje así establecido -encarnado en las distintas lenguas-, como el proceso mental para la construcción de lo social, de lo institucional, de lo psíquico –aun lo que toca con la emoción-; de lo espacial, de lo acústico; si  imaginamos esta construcción como un recinto cerrado, como una cárcel que confina,  que impide la percepción de nuevas dimensiones,  entendemos esa afirmación de que vivimos en la lengua, que es ella nuestra casa propia, nuestra morada,  nuestro mundo.  También la primera poesía proyectada sobre lo abierto.

Esa maravillosa creación individual y colectiva, ese pacto de interpretaciones comunes alimentadas en el diálogo, en la interlocución, confiere la identidad de las visiones y los valores compartidos. Esa producción portentosa del mundo en que vivimos –porque no otra es nuestra morada, sino la del lenguaje-,  se sedimenta en las costumbres; se transmite de generación en generación, de boca a oído, a través de los códigos tácitos aprendidos en la familia, en la escuela, en las plazas y en los recintos comunitarios.

se arte primigenio se anquilosa y se cierra.  Pierde su sentido de creación cambiante y abierta y se convierte en dogma, en narrativa de coherencia de hierro cuyos barrotes y límites no pueden percibirse.  Se convierte en regulador de las relaciones culturales y sociales, se naturaliza en el lenguaje de la ley.  Constituye la “doxa” original de una cultura; el hábito, el código subyacente que rige la interpretación.